Ayer, día de Navidad, cuando iba en coche con mi padre para ir a hacer un recado vimos un accidente de tráfico. Primero divisé la ambulancia, los seis policías que estaban allí y que la carretera estaba cortada. Fue después, cuando nos desviaron por un camino, que rodeaba la zona, vimos que lo que pasaba era un coche volcado en un terraplén.
A la vuelta, preguntamos cual era la gravedad y la respuesta: grave, seguida de la visión de la cantidad de cristales pequeñitos y todo aquel conjunto, me hizo pensar que cómo puede pasar esto en un día cómo hoy. ¿Tendrían prisa por reunirse? ¿Se despistaron? ¿Iba borracho?
Pero aún así, nadie merece morir o tener un accidente con secuelas ese día.
Y también, pensé en su familia, porque cuando hay una pérdida, cuando más la recuerdas es cuando estás toda la familia reunida y sientes que falta alguien.
Un día que tenía que estar rebosante de alegría... y de repente, te encuentras con eso.
Porque cuando pasa algo así, no solo piensas en quien lo sufre, sino quien te va a acompañar en ese momento...
Esta es una de las caras amargas de la Navidad.
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